contacto :: foro :: archivo weblog :: archivo artículos :: links :: home
Manuales de supervivencia
Impacto, noviembre de 2001

Hay una corriente subterránea, una corta serie de manuales para sobrevivir al fin de los tiempos, a la hecatombe, cuya lectura, por ser la máxima expresión de la fantasía, el sumun, podría servirnos para que el año 2002 nos encuentre dominados, pero alertas, atentos y expectantes y, sobre todo, preparados.
El inventario no es exhaustivo, pero bien podría tomarse considerarse el canon apocalíptico por excelencia, la lectura obligatoria para el porvenir. Se trata de historias de soledad absoluta, la de algunos hombres y mujeres absolutamente solos y carentes de cualquier relación con los demás, ni siquiera del modo más eventual. Hombres y mujeres que se saben —o se creen— solos, cómo sólo podría estarlo el último habitante de la Tierra, ignorante de cualquier Dios e inconsciente de generar descendencia.
El inventario parece comenzar con Mary Shelley, la autora de Frankestein, que en 1826 publicó su novela El último hombre. Es el año 2073 e Inglaterra es una república gobernada por una elite de aristócratas, uno de los cuales, Adrian, heredero de la estirpe real de los Windsor, traba amistad con un muchacho de Cumberland, Lionel Verney, y lo introduce en su círculo. Él es el narrador de la novela, el último hombre que ha sobrevivido a la peste para dar testimonio de la historia trágica de la humanidad condenada a la extinción. Mary Shelley edifica con esta obra un monumento a Percy Bysshe Shelley y a Lord Byron, compañeros de viaje perdidos prematuramente. Probablemente, su lectura resulte más atractiva para el lector actual que para los contemporáneos de la autora, que la acogieron como una historia entretenida pero demasiado fantasiosa. No hay allí demasiados trucos para sobrevivir a nada, pero debería ser leía (por los que conocen el inglés, ya que no hay traducción española) como una introducción al género.
Le sigue La nube púrpura, de M.P. Shiel. Aparecida en 1901, es la obra maestra de Shiel y al mismo tiempo uno de los títulos más singulares de la literatura fantástica. La nube púrpura relata un itinerario polar alucinante, la destrucción de la vida humana en la Tierra, invadida por gases letales, la soledad de un hombre el un mundo —casi— despoblado y la nueva fundación de la existencia humana. ¿Qué hace un hombre que se sabe solo, abandonado a sí mismo, sin tener que rendir cuentas a nada ni a nadie? Bueno, muchas cosas. Entre otras, construir un castillo de oro puro, o entretenerse incinerando ciudades enteras, París, Constantinopla...
En El muro, de la austríaca Marlen Haushofer, la protagonista es una mujer que acepta una invitación para ir a la cabaña de una pareja amiga. La pareja anfitriona la recibe, la aloja, y decide viajar a un pueblo vecino. Pero no regresan. Angustiada, la mujer sale en su busca, peor antes de llegar al pueblo encuentra un muro invisible al otro lado del cual reina la rigidez cadavérica. Aislada, rodeada de animales, la mujer se dedica a sobrevivir.
Sigue Espejos Negros, del alemán Arno Schmidt. Aquí la historia cambia un poco, aunque los métodos de supervivencia abundan más que en cualquier otra. El narrador, que misteriosamente consiguió vivir luego de una hecatombe nuclear, no se encuentra, como sus antecesores, decepcionado y triste por no encontrar otros en su misma condición. Al contrario: feliz, solo, montado en bicicleta, se repite, una y otra vez: “Es una suerte que todo haya terminado”. Deambula por las noches, a la luz de la luna, en busca de una luz que le indique una presencia humana. Lleva una linterna en una mano y una escopeta en la otra. No tolera la competencia.
Dissipatio H.G., de Guido Morselli (también inédita en español) es tal vez el último intento por retratar la soledad sublime. La novela fue escrita poco antes de la muerte de su autor (Morselli se suicidó en 1973). H.G. son las iniciales de Humanis Generis, Especie Humana: “Disipación de la especie humana”. Su protagonista, un hombre lúcido, irónico e hipocondríaco, decide matarse ahogándose en un pequeño lago que se encuentra en una caverna, en la montaña. Pero a último momento cambia de idea y vuelve sobre sus pasos. En aquel breve intervalo la especie humana desapareció, o mejor dicho, se “disipó”, se volatilizó. Todo quedó intacto. Comienza entonces un monólogo apasionante. La pregunta es: ¿soy el único que se ha salvado o soy el único que ha sido condenado?
Vistos los días que nos tocan vivir, y suponiendo, con imaginación escasa, los que vendrán, recomiendo la urgente lectura de estos libros. Se ruega al que leyere esto que aprenda urgente inglés e italiano para poder dar cuenta de la bibliografía completa. Vale ampliamente la pena, aunque más no sea para leer a autores como Shelley y Morselli. En cuanto al resto, todos estos deben ser considerados manuales de supervivencia eficaces y divertidos. Tampoco vendría mal que fueran leídos con carácter de urgente. No creo que quede mucho tiempo.